Capítulo 5. El oso, el madroño... ¡y el grifo!
El Chotis del
Neandertal. Capítulo 5.
EL
OSO, EL MADROÑO… ¡Y EL GRIFO!
¿Sabíais que antes en el
escudo de Madrid había un grifo?
¡No leche, eso no!
Ahora os explicamos lo del
grifo, pero antes tenemos que contaros algunas cosas.
Este es desde 1982 el
escudo oficial de la ciudad de Madrid.
En la propia página web
del Ayuntamiento, con la fascinante nomenclatura que le es propia a la
heráldica, se describe así:
“El Escudo de Madrid
consta de los siguientes componentes heráldicos: En campo de plata, un madroño
de sinople, terrazo de lo mismo, frutado de gules, y acotado de oso empinante
de sable y bordura de azur, cargada de siete estrellas de plata de seis puntas;
al timbre, corona real antigua.
La Bandera de la Villa
de Madrid se compone del escudo descrito en el punto anterior, centrado sobre
color carmesí.”
En este artículo vamos a
explicároslo, recogiendo tanto la leyenda como los datos “más o menos”
históricos. ¿Y por qué digo “más o menos”?
Para entenderlo hay que
hacer un poquitín de historia.
En el s. IX los andalusíes
construyeron la al-mudayna de Maǧrīṭ
en uno de los
promontorios que dominan el río Manzanares, justo donde hoy está el Palacio
Real, como una fortaleza avanzada para la defensa de Toledo.
Después de la ocupación castellana en el s. XI, Madrid era una ciudad de cierta importancia (no es cierto que fuera “un pueblo” como tantas veces se dice) pero desde luego muy alejada en tamaño e importancia de otras ciudades castellanas como Toledo, Sevilla, Burgos, Valladolid o Santander. Y nada que ver tampoco con otras ciudades del futuro reino de España como Zaragoza, Valencia o Barcelona.
En el s. XVI, el ya rey de
España Felipe II decidió fijar su capital permanente y definitiva en Madrid,
que seguía siendo una de tantas ciudades.
Siempre nos han dicho que el
Segundo Felipe eligió Madrid por estar en el centro de España, por la calidad
de sus aguas, por la cercanía a una sierra en la que poder escapar al calor del
verano o por la abundancia de caza.
Seguramente todos esos
motivos pesaron, pero como ocurre siempre, el motivo principal es más práctico.
En una ciudad de tamaño medio, el rey se sentiría más libre que por ejemplo en Sevilla,
donde prácticamente sería un huésped de los poderosos duques de Medina Sidonia
o los condes de Alarcos, o que en Toledo, donde además de los duques de Alba
estaba el Arzobispado de Toledo.
Por tanto podemos decir
que, cuando Madrid se convierte no sólo en la capital de un reino, sino en la
capital de un imperio extendido por cinco continentes, el honor le cae un poco
grande.
Así que numerosos eruditos
empezaron a buscar la manera de darle a esta villa de tamaño medio un pasado
heroico y glorioso cuando no directamente mitológico.
Ese es el motivo de que, a
lo largo del texto, podáis encontrar aparentes contradicciones o incongruencia
en las fechas, ya que es difícil diferenciar a veces entre la leyenda y las
alusiones “históricas” inventadas siglos después a cuando se supone que sucedieron.
Nosotros intentaremos recoger las diferentes ideas pero siempre mencionando si
existen o no evidencias y pruebas materiales o documentales de ellas.
Al principio, ni oso ni madroño
La heráldica aparece en
Europa en la segunda mitad del s. XII, como una manera de reconocer a amigos y
enemigos en el campo de batalla.
Por eso ni el Maǧrīṭ
andalusí, anterior a 1083, ni el Madrid castellano de los primeros tiempos,
tuvieron blasón.
Se cuenta que el primer
escudo de la Villa de Madrid no incluía ninguno de los emblemas a los que
estamos acostumbrados.
Tenía la piedra y el agua.
Los andalusíes
construyeron la medina de Maǧrīṭ en un terreno con abundancia de
aguas, arroyos y manantiales. Fui sobre agua edificada.
Las murallas musulmanas de
Madrid, -de las que hablaremos en otro capítulo y que podéis admirar en el
Parque del Emir Mohamed I (detrás de la catedral de La Almudena) o en el
interior del edificio de las Colecciones Reales- estaban hechas de pedernal.
Cuando los cristianos sometieron a asedio a la ciudad, y durante los ataques
nocturnos, se veían las chispas que las puntas de las flechas sacaban al impactar
contra ese pedernal, como si se tratase de muros de fuego. Mis muros de
fuego son.
Por eso el primer escudo que
se atribuye a Madrid presentaba una piedra (de pedernal) sumergida a medias en
agua y flanqueada por dos aldabones que producen chispas al golpear contra
ella. En una cinta que serpentea por todo el escudo aparece el texto en latín “Sic
Gloria Labore. Paratur” que significa, más o menos, “Esta es la Gloria al
Trabajo. Prepárate”.
Y debajo del escudo el
texto en castellano “Fui sobre agua edificada, mis muros de fuego son, esta es
mi insignia y mi blasón”
Parece ser que la existencia de este escudo pudiera ser solo una leyenda, y nosotros nos inclinamos por esta teoría.
No hay ningún documento o
crónica medieval ni vestigios, sellos, u otra prueba de que tal emblema
existiese.
El documento más antiguo
que habla de él es uno de Juan Hurtado de Mendoza en 1550. Después, en 1572,
Juan López de Hoyos (preceptor y maestro de Cervantes) también lo describe. Sin
embargo estos textos del s. XVI más parece que pretenden otorgar a la futura
capital un aura de leyenda. El marketing no es un invento actual.
El estilo del escudo
tampoco es acorde con el s. XII.
Y por último, si este
escudo hubiese existido, su mérito radicaría en haber adivinado cómo sonaría el
castellano 400 años después, ¡y además haciendo un verso!
Pero vamos a ver, las
leyendas también forman parte del acervo cultural de un pueblo, así que también
tenemos derecho a tener un escudo legendario, no todo van a ser Camelots y
Tablas Redondas.
¿Y dónde están el oso y
el madroño?
Pues no vinieron juntos. Y
este es el momento de reparar una injusticia que siempre cometemos con los
elementos que componen el diseño del escudo de la Villa y Corte: nos olvidamos
de las estrellas. Siete estrellas. Ni seis ni ocho, siete.
¿Oso u osa?
Todos hemos oído siempre
hablar de “el oso”, pero desde hace un tiempo se viene insistiendo en que en
realidad es una osa, ¿a qué se debe?
Algunos argumentan que la
famosísima y emblemática estatua que desde 1967 se encuentra en la Puerta del
Sol no exhibe unos rotundos genitales de macho. Y es cierto, por allí no se ve
ningún genital, pero parece que eso se debe a una decisión estilística tomada
quizá para evitar un asunto que pudiese crear polémica. Lamentablemente el
escultor Antonio Navarro Santafé, autor de la estatua, falleció en 1983 y no
podrá sacarnos de la duda.
Sin embargo hay un argumento mucho más rotundo que nos indica que se trata de una osa. Precisamente las menospreciadas estrellas.
El ya mencionado López de
Hoyos, el mentor de Cervantes, en el s. XVI escribió en su obra “Declaración
de las armas de Madrid” lo siguiente:
“Tienen las armas de
por orla siete estrellas en campo azul, por las que vemos junto al Norte, que
llamamos en griego Bootes, y en nuestro castellano, por atajar cosas y fábulas,
llaman el Carro, las cuales andan junto a la Ursa, y por ser las armas de Madrid
osa, tomó las mismas estrellas que junto a la Ursa, como hemos dicho, andan…”
Es decir, que las siete
estrellas que figuran en el lomo del animal son las del Carro, y forman parte
de la constelación de la Osa Mayor (según algunos autores sería la Osa Menor).
Los dos primeros
elementos, la osa y las siete estrellas
El documento histórico más
antiguo donde aparece por primera vez el escudo de Madrid es un sello del 8 de
julio de 1381, en una escritura de avenencia entre el Monasterio de Santa
Leocadia (Toledo) y el Cabildo de la Villa de Madrid, que se conserva en el
Archivo de Villa del Ayuntamiento de Madrid.
En este sello aparece la
osa a cuatro patas, pero no aparecen las siete estrellas.
Así que también podría ser
que el animal apareciese en el escudo por la abundancia de osos en los
alrededores, ampliamente documentada, ya que eran cazados por los monarcas
desde Alfonso XI a los Reyes Católicos o Felipe II.
Según crónicas y
documentos del s. XV (y no contemporáneos a los hechos descritos) en 1211 las
huestes del Concejo de Madrid portaban como enseña a la osa en la campaña
contra la taifa de Murcia. En 1212, en la batalla de Las Navas de Tolosa, los
madrileños avanzaron en vanguardia y en 1248 participaron en la toma de
Sevilla. Según las crónicas de esos tres eventos de armas, siempre la osa
aparecía caminando.
López de Hoyos indica ya
en el s. XVI que las estrellas están en una orla de fondo azul alrededor del
escudo.
En 1786 el historiador
madrileño José Antonio Álvarez y Baena, en su libro “Compendio histórico de
las grandezas de la coronada Villa de Madrid, Corte de la Monarquía de España”,
(¡qué título tan comercial!) nos dice: «en el año 1212 no usaba Madrid otras
Armas que un Oso [...] Este tenía dentro de su cuerpo las siete Estrellas, como
se comprueba del escudo que todavía está en el Ilustre Cabildo Eclesiástico».
Sin embargo este escudo del cabildo ni se conserva ni de él se tiene noticia en
otras fuentes.
Y por fin, aquí llega
el madroño
Dice la tradición que desde
antiguo había un pleito entre el Concejo de Madrid y el Cabildo eclesiástico
sobre los derechos de los pastos que rodeaban la Villa, y por fin en 1222 se
alcanzó un acuerdo: El Concejo tenía el derecho de explotación de los árboles y
la caza mientras que el Cabildo explotaría los pastos.
Por ello el Cabildo
conservó en su escudo a la osa paciendo sobre sus cuatro patas, mientras que el
Concejo incorporó un árbol en el que la osa apoyaba sus patas delanteras para
simbolizar posesión. Además las siete estrellas pasaron del lomo de la osa a
una orla azul. Siete estrellas de ocho puntas, situadas tres en cada lateral y
otra en la punta inferior.
Como ya va siendo
habitual, no se conserva documentación de dicho pleito.
El madroño aparece por
primera vez documentado, de nuevo, en el sello de un documento. El 20 de marzo
de 1498 el concejo de Madrid otorga un poder para ser representado en las
Cortes de Toledo, donde la osa aparece ya apoyada en el árbol, aunque mirando a
la derecha y no a la izquierda como mira siempre.
Pero ¿el árbol es un
madroño? Parece que los botánicos afirman que el madroño no era un árbol muy
abundante en la zona, y desde luego no formaba bosques. Sin embargo, el almez sí
es una especie autóctona del lugar que también tiene unos frutos pequeños y
rojos. Lo más probable es que en el diseño del escudo no se incluyese un árbol
concreto, sino una forma genérica, y los frutos rojos podrían ser para que
resaltase más.
Puede que se dijese que es
un madroño por la similitud fonética de Madrid y madroño. Esto era algo
bastante habitual en heráldica (se llama heráldica parlante).
Pero eso no es algo que
deba importarnos a los madrileños. Si queremos que sea un madroño pues será un
madroño. Las tradiciones y el folclore también tienen su importancia en la
cultura popular.
¿Os habéis dado cuenta
de que aún falta un elemento?
Efectivamente, la corona.
Se conserva en los
cuadernos de cortes un documento de 1548 en que los procuradores de Madrid en
las cortes de Valladolid pidieron el mejoramiento de las armas de la villa añadiendo
la banda de estrellas y la corona como honor para su ciudad, y en 1554 Carlos I
le otorgó a Madrid los títulos de “Coronada e Imperial”, con derecho a lucir en
el blasón una corona abierta, que se dibujó sobre la copa del árbol (incluso en
algunas representaciones sobre la cabeza de la osa), dentro de la orla de
estrellas.
Aunque no se conserva el
otorgamiento real, lo cierto es que a partir de ese momento se empezó a usar la
corona.
Posteriormente la corona
pasó del campo interior sobre el madroño al campo exterior o el timbre, o sea,
sobre el escudo tal y como está actualmente.
De nuevo es en un sello
(¡otra vez!) de 1625 donde ya aparece la corona al timbre del escudo.
Así que, ya totalmente
documentado, en 1625 tenemos todos los elementos que, hoy en día, contiene
nuestro escudo: la osa, las siete estrellas en la orla azul, el madroño y,
sobre todos ellos, la corona abierta o antigua.
Y no cometamos de nuevo la
afrenta de no fijarnos en las pobres estrellas. Hasta 1650 las estrellas se
colocaban tres a cada lado en vertical, y la séptima en el vértice inferior del
escudo. Desde esa fecha la séptima estrella pasa de abajo a arriba, en donde
permanece hasta ahora.
¿Y qué pasa con el
grifo?
Vale, que lo lleváis
esperando desde el título. Aquí tenéis el grifo.
¿Decepcionados?
La verdad es que teniendo
en cuenta la alusión al agua del primer escudo, tendría sentido el grifo de
beber, pero una villa tan heroica y pretenciosa como el provinciano Madrid del
XIX necesitaba algo más heroico.
Un grifo es un animal mitológico
que tiene la cabeza y la mitad delantera del cuerpo de águila, con sus alas y
todo, y la mitad trasera de león, con su cola y todo.
Simboliza fuerza, valor y
vigilancia, por lo que es guardián de tesoros, una figura recurrente en la
heráldica y el arte medieval, representando la dualidad de la tierra y el cielo.
En la antigua Grecia tiraba
del carro de Apolo y custodiaba sus tesoros, y en la edad media se incorpora a
bestiarios como símbolo de Cristo (divinidad y humanidad).
¿Pero qué tiene eso que
ver con Madrid?
Aquí tengo que hablaros de
la “Culebra de Puerta Cerrada”.
Según López de Hoyos, “Siendo
yo de pocos años, me acuerdo de que el vulgo llamaba a esta puerta la Puerta de
la Culebra, por tener un dragón labrado bien hondo”.
Y continúa: “Entre las
antigüedades que evidentemente declaran la grandeza y fundación antigua de este
pueblo, ha sido una la que en este mes de junio del año 1569, por desembarazar
la Puerta Cerrada, derribaron. Estaba en lo más alto de la Puerta, en el lienzo
de la muralla labrado en piedra berroqueña, un espantable y fiero dragón, el
cual traían los griegos por armas y las usaban en sus banderas.”
¡Nada menos que los
griegos habían estado en Madrid!
El Dragón de la Cólquida,
al que Jason y sus Argonautas robaron el Vellocino de Oro. El vellocino de oro
es el símbolo de la Orden del Toisón de Oro, relacionado con la simbología de
los Habsburgo (los Austrias) y que aún hoy es la máxima distinción que otorga
la monarquía española.
Lo habéis visto mil veces.
Es como la piel de un carnero con cabeza y cuernos colgado por la cintura.
Y este es el dibujo de tan insigne culebra:
Y ciertamente, la Puerta
Cerrada de la antigua muralla cristiana del s. XIII se derribó en 1569 porque
su trazado sinuoso y con rincones era ideal para que los ladrones asaltasen a
las personas que la cruzaban, motivo por que el que se clausuró y se tapió
durante mucho tiempo, y de ahí le viene el nombre.
Escuchemos de nuevo a
López de Hoyos describiendo esta puerta: “Era angosta y recta al principio,
haciendo luego dos revueltas, de suerte que ni los que salían podían ver a los
que entraban, ni éstos a los de fuera.”
Sea como fuere, el dragón
ya se usaba en el s. XVI como símbolo de Madrid, no de forma oficial pero sí de
forma ornamental.
De este modo se relacionaba
Madrid con la mitología clásica, en este caso un origen griego.
La gran exaltación del
escudo de Madrid en 1859
El escudo había
permanecido intacto durante algo más de doscientos años (desde 1650) y entonces
se decidió darle un cambio.
Aquí ya se vienen arriba:
Se cambia lo Corona Real
Antigua (abierta) por una Corona Real Cerrada.
Se añaden nuevos
ornamentos exteriores: Rodeando la cartela apergaminada dorada se sitúan hojas
verdes con madroños. El Toisón de Oro en la parte inferior. Una Corona Cívica o
guirnalda de hojas de roble ceñida por una banda carmesí … ¡y el grifo!
El motivo por el que en
vez de un dragón se puso un grifo no lo sabemos, quizá por confusión. Aunque en
muchos escudos, bastantes de los cuales aún se conservan, lo que figura es un
dragón.
Por ejemplo este de la
fuente de la Arganzuela:
Escudo
en la Fuente de la Arganzuela. Ni grifo ni nada, directamente dragón.
Daos cuenta de que, pese
al cambio de forma del cuartel derecho, las estrellas siguen arriba. Sin
embargo les quitan puntas. De las ocho que tenían siempre, ahora pasan a tener
cinco.
Advertencia de Seguridad: Si paseáis por Madrid Río a a altura de esta fuente, estad prevenidos, pues a veces ocurren incidentes asombrosos.
Si quieres verlo, pulsa el siguiente enlace:
El vaivén de las dos Repúblicas con las coronas reales
Seguro que os habéis
percatado del baile de fechas en la imagen de arriba y la de abajo.
El rimbombante escudo del
grifo se aprobó en 1859, pero en 1873 se proclamó la Primera República, y
claro, fuera el toisón de oro y fuera la corona real para adaptarse a los
nuevos tiempos. Pero como se dejaba al escudo un poco desangelado, se le añadió
una corona mural, que hace el mismo efecto que la otra pero está configurada
por los muros y torres de un castillo.
Sin embargo, la efímera y
anecdótica Primera República se disolvió a los veintidós meses y la corona
volvió por sus respetos (seguimos refiriéndonos a la corona del escudo…) y así
se mantuvo hasta la proclamación de la Segunda República, en 1931.
Tras la guerra Civil, en
1939 vuelve la corona real y las estrellas pasan de cinco a seis puntas, forma
que ya conservarán hasta hoy en día.
Y afortunadamente la
bandejita dorada y el toisón de oro ya no se recuperarían jamás.
En 1961 un informe de la
Real Academia de la Historia dice que tiene muy poca consistencia histórica lo
del grifo y se pide que se restablezcan las tradicionales armas de la Villa.
En 1967 el pleno del
Ayuntamiento aprueba volver al escudo tradicional, y encarga la escultura de la
osa y el madroño.
Y como ya explicamos al
principio, en 1982 llega el escudo actual, que para que no andéis subiendo en
el artículo reproducimos de nuevo.
Se ha sustituido la punta
de la base por una forma redondeada y la osa y el madroño han adquirido formas
más esquemáticas.
El logo
Ya en el s. XXI hacen
falta logos. Este diseño no sustituye al escudo oficial, pero es el que se usa
en documentos, cartelería urbana, etc.
Y esta es, por el momento,
la azarosa historia del escudo de la Villa y Corte. Creemos que ya se mantendrá
sin cambios, pero nunca se sabe…
Galería fotográfica:
Escudo
de López de Hoyos 1556 incluido en su obra Declaración de las Armas de Madrid.
El
escudo más antiguo que se conserva (1650). Casa del Pastor, calle de Segovia 21.
Escudos
en la Casa de La Panadería (Plaza Mayor 27). En uno de ellos la osa aparece
mirando a la derecha, quizá para obtener una simetría en el intercolumnio.
Estandarte
de seda bordado. Entre 1676 y 1700
Escudo
en la Fuente de la calle de Toledo con dragón.
Algunos
escudos republicanos que perviven. A la izqda. Escuela Superior de Danza, en
pleno Rastro. A la dcha. Fuente en la Cuesta de los Ciegos, muy cerca de la
Casa del Pastor.
Escudo
en el pavimento de la calle Mayor, casi en la Plaza de la Villa. Forma parte de
un conjunto de cuatro escudos idénticos situados cada uno en una esquina de la
intersección de la calle Mayor con la Plaza de la Villa, a la altura de los dos
pasos de cebra.

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