Capítulo 8. Los duelistas. Sangre y tinta en el Madrid del siglo de Oro
*Texto con apoyo de IA
"Los duelistas" es una notable película de Ridley Scott; director de joyas como Blade Runner y Alien. El film está ambientado en la época napoleónica y narra el enfrentamiento, a lo largo de varias décadas, de dos oficiales franceses. Al final ni recuerdan el motivo de su odio, pero continúan batiéndose una y otra vez, hasta el inesperado climax.
De todos los duelos y lances de sangre que narraremos a continuación, en el viejo Madrid, el más cercano, sin sangre pero muy cruento y despiadado, fue el duelo literario entre Quevedo y Góngora y los demás… tan solo adelantar que cambiaron la literatura universal y la geopolítica de un imperio.
Madrid, primavera de 1569: Cervantes y Sigura
Noche templada junto al Real Alcázar, entre mayo‑junio de 1569. La mágica luz del ocaso madrileño recorta la silueta de dos hombres en una plazuela de tierra. Miguel de Cervantes, veintiún años, la mano en la empuñadura; frente a él, Antonio Sigura, maestro de obras de la corte.
—Habéis manchado
el nombre de mi hermana —dice Miguel, tenso—. Y el de mi casa.
—No es mi culpa si vuestra sangre no vale un maravedí —responde Sigura, con una
sonrisa torcida.
Las espadas relucen, chocan brevemente, durante instantes que semejan horas. Dos tajos certeros en la cabeza de Sigura, la sangre corriendo por la frente; el maestro se tambalea, Miguel cree haberlo matado. Respira jadeante, se arrodilla, arranca un puñado de hierba y limpia la hoja antes de envainarla. A lo lejos suenan los cascos de la ronda del Alcázar.
—Si me encuentran aquí, pierdo algo más que el honor —murmura, y se pierde en la oscuridad camino de Italia.
Meses después, el 15 de septiembre de 1569, en Madrid se proclama la sentencia real que ordena cortarle la mano derecha y desterrarlo diez años “por las heridas dadas a Antonio de Sigura”. El joven ya está al otro lado del mar.
Madrid, Jueves Santo de 1611: Quevedo en San Martín
Tarde de Jueves Santo. La iglesia de San Martín está llena, el incienso pesa en el aire. Francisco de Quevedo, cojo, miope y arrogante, reza para sí, cuando oye el chasquido de una bofetada. Un caballero ha golpeado en público a una joven dama.
—Señor —dice
Quevedo, apoyándose en su bastón—, vuestra mano se ha equivocado de mejilla.
—Apártese, licenciado —gruñe el caballero—. Esto no es asunto de poetas.
Fuera, en la Plaza de San Martín, la procesión se ha alejado y el empedrado queda casi vacío. Quevedo deja el bastón, desenvaina el acero y adopta una guardia torpe pero decidida.
—Aquí sí es asunto mío. La lengua y la espada sirven para lo mismo: recordar a un necio sus límites.
Estalla el acero en un breve intercambio. No hace falta describir la estocada. Basta el silencio posterior, el caballero en el suelo y la dama temblando a unos pasos. Quevedo respira con dificultad, mira su hoja manchada de escarlata y masculla:
—Defender a las damas sale caro. Veremos cuánto me cuesta esta vez.
Tendrá que alejarse de Madrid, acogido bajo la protección del duque de Osuna, mientras el tiempo reduce el duelo a una frase seca en una placa: “En esta plaza hirió mortalmente Francisco de Quevedo a un caballero el Jueves Santo de 1611 en defensa de una dama”.
Duelo y honor en el Madrid áureo: espadas, sangre y letras
El Madrid de finales del XVI y principios del XVII fue mucho más que la corte del imperio más poderoso de Europa. Sobre su empedrado se cruzaban cortesanos, soldados, aventureros y literatos, todos bajo la sombra de la Monarquía Católica, las intrigas palaciegas y un rígido código de honor.
En este entorno, la violencia se ejercía como parte del tejido social y la literatura era muchas veces testigo o protagonista. Tres casos, la emboscada política a Escobedo (de la cual haremos un monográfico), el duelo a muerte de Cervantes y la estocada caballeresca de Quevedo, permiten trazar el perfil de una ciudad donde la justicia, la marginalidad y la creación literaria se fundían en la vida cotidiana.
Hay que señalar que la pérdida del proceso judicial en el caso de Cervantes y la ausencia total de documentación en el duelo de Quevedo, hagan estimar la probabilidad de rigor histórico, a nuestras IA´s favoritas, en torno al 75% en el primer caso y alrededor del 50% en el segundo.
Contexto: Una familia manchada
Miguel de Cervantes nació en 1547 (aunque existe controversia sobre si fue en Alcalá de Henares o Alcázar de San Juan). Su familia, perteneciente a la baja nobleza, cargaba con lo que entonces era la peor mancha imaginable: la sospecha de ascendencia judía. Pero no era solo el origen familiar lo que ponía en entredicho la honra de los Cervantes. La hermana mayor de Miguel, Andrea de Cervantes, vivía en una situación que la sociedad de la época consideraba escandalosa: era madre soltera con una hija ilegítima, Constanza de Ovando, nacida hacia 1565-1566 de su relación con un rico gentilhombre genovés de apellido Locadelo.
En una época donde la virtud femenina era la moneda más valiosa en el mercado matrimonial, la situación de Andrea era un oprobio que salpicaba a toda la familia, especialmente a sus hermanos varones. El honor familiar descansaba en la capacidad de estos para limpiar la reputación de sus mujeres mediante la acción violenta.
La pendencia en las cercanías del Real Alcázar
Se dice que Sigura había estado implicado en los turbios asuntos amorosos relacionados con Andrea de Cervantes y Locadelo. Algunos estudiosos han especulado que Sigura podría haber sido contratado incluso para "representar" los intereses del genovés en una cuestión de honor, aunque esto permanece en el terreno de la conjetura.
El propio Cervantes, años después, incluyó un relato de este duelo en su novela Los Trabajos de Persiles y Sigismunda, donde recuerda las heridas que propinó: "le di dos cuchilladas en la cabeza muy bien dadas, con lo que le turbé de manera que no supo lo que le había acometido; la sangre le corría por la cabeza de una de las dos heridas."
El fugitivo y la persecución judicial
El problema era mayúsculo. El duelo era formalmente ilegal en toda España desde los tiempos de los Reyes Católicos. Pero existe un agravante especial que hace que este duelo sea particularmente grave: la proximidad al Real Alcázar. La ley establecía castigos severísimos para quien se atreviera a desenvaivar la espada cerca de la residencia del monarca, como respeto a su persona.
Aunque Sigura sobrevivió, la justicia real se movió con prontitud. El proceso contra Cervantes ha desaparecido de los archivos (se cree que fue vendido como papel viejo a un polvorista de Alcalá a finales del siglo XIX), pero la sentencia ha llegado hasta nosotros a través de la Real Provisión que se conservaba en el Archivo de Simancas.
La Sentencia: una real provisión infamante
El 15 de septiembre de 1569, el alguacil Juan de Medina emitió, en nombre de Felipe II, la siguiente orden:
"Sepades que por los alcaldes de nuestra casa y corte se ha procedido en rebeldía contra un Miguel de Çerbantes, absente, sobre Razón de haber dado çiertas heridas en esta corte A Antonio de Sigura, andante en esta corte, sobre lo cual El dicho miguel de Çerbantes, por los dichos nuestros alcaldes fue condenado A que con berguença publica le fuese cortada la mano derecha y en destierro de nuestros Reynos por tiempo de diez años y en otras penas contenidas en la dicha sentencia."
Esta Real Provisión, aunque breve en lo que ha llegado a nuestros días, encierra un catálogo de castigos que espeluznan:
1. La vergüenza pública: Cervantes debería ser presentado en alguna plaza pública de Madrid —probablemente la Mayor o la del Alcázar— donde se le aplicaría la siguiente pena.
2. La amputación de la mano derecha: Este era el castigo más atroz. Para un hombre de la época, perder la mano derecha (la diestra de los derechos) significaba ser marcado de por vida, convertirse en un mutilado social, ser reconocible en cualquier mercado o camino como un criminal. Para un posible escritor o intelectual, como era el caso de Cervantes, habría significado la anulación de una de sus herramientas más valiosas.
3. El destierro de diez años: No podría pisar los reinos de Felipe II durante una década. Esto incluía tanto la Península como los territorios españoles en Italia, Flandes, el Mediterráneo y América.
4. "Otras penas contenidas en la dicha sentencia": El texto original, perdido, probablemente contenía penas adicionales como confiscación de bienes, multas o labores forzadas.
La huida: de España a Italia
Cervantes no esperó a que se ejecutara la sentencia. Era inteligente como para saber que Felipe II no era hombre de clemencia, especialmente en asuntos de honor. Así que hizo exactamente lo que cualquier joven condenado a muerte o mutilación habría hecho: desaparecer.
La ruta exacta de su huida permanece oscura. Se especula que viajó primero a Andalucía, posiblemente a Sevilla, buscando pasar desapercibido. Desde allí, probablemente se dirigió hacia el Levante, atravesando Valencia y llegando a Barcelona, donde podría haber embarcado clandestinamente hacia Italia.
En septiembre de 1569 —el mismo mes en que la Real Provisión fue emitida— Cervantes apareció en Roma. Allí se incorporó al séquito de un personaje de alto rango: el joven cardenal Julio Acquaviva y Aragón, Legado Pontificio de Pío V. Trabajó como camarero (sirviente de cámara) al servicio del cardenal durante poco más de un año.
Este viaje a Italia, lejos de ser una desgracia, cambiaría la vida de Cervantes y, con ella, la historia de la literatura mundial. Sin este exilio forzado, Cervantes nunca habría participado en la Batalla de Lepanto (1571), nunca habría sido cautivo en Argel durante cinco años, y probablemente nunca habría escrito El Quijote.
Quevedo, Góngora y los duelos literarios (1603 en adelante)
Es importante hacer una aclaración que muchas fuentes románticas han oscurecido: Miguel de Cervantes nunca se enfrentó en duelo físico con Francisco de Quevedo. Los dos fueron contemporáneos, es cierto, y los dos vivieron en el Madrid literario del Siglo de Oro, pero pertenecían a generaciones diferentes (Cervantes nació en 1547, Quevedo en 1580, treinta y tres años después).
Sus "duelos" fueron exclusivamente literarios e ideológicos. Lo que es más: ambos mantuvieron una distancia considerable. Cervantes ya era anciano cuando Quevedo emergía como una estrella literaria. Quevedo apenas menciona a Cervantes en su obra, y cuando lo hace es de pasada, para señalar que era "extremadamente flaco" (crítica que ninguno de los biógrafos de Quevedo ha corroborado seriamente).
Sin embargo, Quevedo sí se batió en duelos físicos y tuvo rivalidades enconadas con otros escritores.
La falsa leyenda de Quevedo el espadachín
Existe una tradición historiográfica que presenta a Quevedo como un maestro de la espada, un poeta y espadachín formidable que se enfrentaba a sus enemigos tanto con versos como con acero. Esta imagen es, en gran medida, una invención romántica; muy bien promocionada por Arturo Pérez Reverte y su saga del capitán Alatriste.
La fuente principal de esta leyenda es un biógrafo temprano de Quevedo llamado Tarsia, quien, en el siglo XVII, escribió una hagiografía del poeta en la que le atribuía:
1. Una victoria contra el célebre maestro de armas Luis Pacheco de Narváez
2. La hazaña de ahuyentar una pantera en las calles de Madrid usando su espada
3. La muerte de un hombre que maltrataba a una mujer. Lance que dramatizamos al principio del capítulo. La placa que comentamos es real y está colocada donde se supone sucedió el duelo.
Sin embargo, un análisis crítico riguroso de estas anécdotas revela que carecen de sustento documental. Ni existe referencia en archivos de un duelo entre Quevedo y Pacheco. La personalidad de Quevedo, tal como emerge de sus escritos, es la de un intelectual cortesano, no la de un soldado experimentado. Sus limitaciones físicas notables, extremadamente cojo y de aspecto físicamente desagradable, según los contemporáneos, lo habrían puesto en desventaja en cualquier combate real. Recordemos el porcentaje de rigor histórico que concedía nuestra IA al duelo a la salida de la iglesia.
La rivalidad verdadera: Quevedo contra Góngora
Si Quevedo fue espadachín alguna vez, fue, fundamentalmente, con la pluma, no con la punta de acero; y podía llegar a ser despiadado. Su verdadera rivalidad fue contra Luis de Góngora, el poeta cordobés.
El enfrentamiento entre Góngora (1561-1627) y Quevedo (1580-1645) es considerado el más famoso duelo literario de la historia española. No fue un enfrentamiento de principios claros, como en la mencionada película "Los duelistas", sino una pugna personal, estética y, en gran medida, motivada por la ambición.
Cuando Quevedo era un joven aspirante a poeta en Valladolid, alrededor de 1603, Góngora era ya una figura establecida en la corte de Felipe III. Quevedo, con su ingenio mordaz y su aguda capacidad satírica, comenzó a publicar parodias de la obra de Góngora, a menudo bajo el seudónimo de "Miguel de Musa" en diversos libelos.
Góngora respondió con violencia literaria. La disputa escaló rápidamente, con ambos poetas intercambiando insultos de una crueldad que sorprende, incluso a lectores modernos, acostumbrados a los haters y las guerras literarias de las redes sociales.
Góngora se burlaba de la cojera de Quevedo. Quevedo, a su vez, acusaba a Góngora de judío ,la peor acusación posible en la España de la época, independientemente de si era cierta o no. Los insultos literarios alcanzaron niveles de sofisticación y veneno que solo podían emerger de plumas de primer orden.
Algunos de los versos de Quevedo contra Góngora:
"Yo te untaré mis obras con tocino
porque no me las muerdas, Gongorilla..."
Esta rivalidad nunca se resolvió. Ambos murieron en 1627 y 1645 respectivamente, sin reconciliación. Lo que sí ocurrió, particularmente en años posteriores de la vida de Quevedo, fue un cambio de enfoque: Quevedo, una vez que alcanzó poder y estatus en la corte, utilizó su influencia contra Góngora de formas más crueles aún. Cuando Góngora llegó a envejecer y enfrentar dificultades financieras, Quevedo, para entonces miembro influyente de la élite literaria y política, lo vio no como un rival a ser admirado, sino como un obstáculo a ser eliminado del panorama público.
La tradición del duelo de Quevedo se convierte, con el correr de los siglos, en símbolo de la cultura urbana de Madrid: las plazas, los templos y las calles son espacios de memoria viva, y en este caso la placa dorada se erige como testimonio de un honor que se defendía tanto con versos como con acero.

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